Mujeres negras, mujeres cimarronas: ejemplo de dignidad y resistencia
Por César Guerrero y Yan Carlos Romero
“Cuando la mujer negra se mueve, toda la estructura de la sociedad se mueve con ella”.
Angela Davis
La historia no ha muerto, las personas negras/afrodescendientes, en especial las mujeres de la diáspora africana la encarnan, caminando la senda marcada por los antepasados, resistiendo y re-existiendo. El 28 de abril de 2021, en el marco de la primera jornada de movilización masiva, que convocó a millones de colombianos y colombianas a las calles, las mujeres negras/afrodescendientes alzaron su voz para visibilizar y rechazar las condiciones de exclusión e injustica que enfrentan. En este escenario convulso en el que se sumió la ciudad de Cali, las mujeres se unieron con todo su espíritu combativo para “garantizar una representatividad […], particularmente de las mujeres en la Asamblea Nacional Popular y asegurar la participación de la población [negra] en la movilización y la estrategia humanitaria como una alternativa comunitaria para autocuidado y protección del pueblo negro” (Carabalí, 2021).
Las jornadas de manifestación se prolongaron casi dos meses, y en ese tiempo, las mujeres negras/afrodescendientes fueron testigo de cómo en distintos puntos de la ciudad se violentaron los cuerpos de algunas compañeras, presenciaron cómo se cubrían las calles con la sangre de sus hijas, hijos e hijes y cómo la tierra recibía los cuerpos sin vida de los descendientes de la madre África. Pese a la difícil situación, las mujeres negras/afrodescendientes que nunca han sido obedientes, pues cargan ese espíritu de lucha de sus antepasadas cimarronas, desafiaron al orden impuesto, se pararon con fuerza como el baobab de potentes raíces ante el vendaval de las fuerzas criminales del Estado.
Haciendo énfasis en este espíritu comunitario y de lucha que ha caracterizado a las mujeres de la diáspora africana, la presente reflexión tiene como objetivo resaltar los roles que desempeñaron las mujeres negras/afrodescendientes, en el marco del estallido social al oriente de la ciudad de Cali, a partir de la voz de Erlendy Cuero, una lideresa social víctima del conflicto armado que vive en la ciudad desde hace veintitrés años.
Desde la primera jornada de movilización, se estimularon pasiones y emociones, como el miedo y una sensación de fractura irremediable, acentuada por el impacto económico que golpeó a empresas y comunidades de los sectores más [empobrecidos]. (Álvarez, 2021, párr. 23)
En medio de un escenario de incertidumbre, Erlendy decidió salir a marchar para acompañar a su hijo y otres jóvenes que, como él, tenían la esperanza de un país distinto. Así como las cimarronas eran decidas y no perdían la oportunidad de escaparse de los esclavistas, reorganizando la vida en el monte, Erlendy señala que todo acto de protesta junto a los “muchachos” significó ser una madre: protegerlos, ayudarlos, indicarles cómo conseguir medicamentos, cómo armar la olla comunitaria, alimentar el fuego para que continuara la lucha.
Si bien la presencia de las mujeres negras/afrodescendientes fue notoria en varios puntos de concentración del Oriente de Cali, pese a las buenas intenciones y las ganas que tenían de apoyar las jornadas de movilización, el trabajo conjunto con la ciudadanía fue un reto al que se enfrentaron, especialmente, en Puerto Resistencia. Allí se inició el proceso de incidencia en compañía de algunos integrantes de la Asociación Nacional de Afrocolombianos Desplazados (AFRODES):
Nosotros como organización decidimos ir a Puerto Resistencia e invitamos a nuestras comunidades y parte de nuestra manifestación es hacerlo a través de la cultura. […] Llegamos con tambores, cununos, guasá, con nuestras cantoras y desde allí nos tomamos el espacio. Llegábamos y rodeamos los muchachos, pero, [vivimos una situación compleja] […] desde el primer momento [nos enfrentamos a un] sentimiento de rechazo […] [sin embargo, no nos rendimos y] empezamos a buscar [recursos] para llevarle a los muchachos medicamentos y alimentos que en ocasiones traíamos de Llano Verde, lo[s] preparábamos ahí, porque tenemos un comedor comunitario, eso nos permitió entrarnos en confianza con ellos y que bajaran un poco la defensiva. (Erlendy Cuero, entrevista)
Apelando a sus conocimientos y experiencias de trabajo solidario y comunitario, el grupo de mujeres no cedió en su empeño de aportar a la movilización. No obstante, después de algunos días de trabajo fuerte y de poner el saber ancestral a disposición de la lucha, al no ver reflejada la voz de las personas negras/afrodescendientes en el pliego de peticiones que se elaboró en Puerto Resistencia, decidieron que era momento de llevar su lucha a otro lugar. Al igual que las cimarronas fueron una pieza crucial en la estructura social que se construyó en los palenques, lo fueron las mujeres negras/afrodescendientes y otros líderes durante esta movilización, pues gestaron el bloque Afroresistencia en el puente que conecta al barrio Ciudad 2000 con Llano Verde, Morichal y Ciudad Córdoba, zonas con un gran porcentaje de población negra/afrodescendiente. Al respecto, Erlendy Cuero menciona:
Nos tomamos el puente de Ciudad 2000, […] lo bautizamos y lo colonizamos nosotros como el puente de la Afroresistencia. Éramos hombres, mujeres, la juventud y la población LGTBIQ+. [Ahí] empezamos a hacer nuestra hermandad y a planear cómo nos lo [íbamos] a tomar. Eso era complejo, tocó mirar con varios compañeros, pues no estuve liderando sola, era mucha gente, en especial de AFRODES que son alrededor de veinte (20) líderes ya mayores, y empezamos a sentarnos [a decidir] la estrategia de resistencia. (Entrevista)
Una de las estrategias de resistencia a las que se apalearon, en este punto de concentración, fueron el baile y la música. Los cantos tradicionales como los abalaos, que nacieron en épocas remotas en las riberas del Océano Pacífico, y las danzas que las cimarronas y libertos dejaron como legado y perviven hasta hoy, se tomaron el lugar. Así lo recuerda la mayora Elena Hinestroza:
“Recuerdo que lloré mucho de ver morir a tantos jóvenes. Como mayoras, los jóvenes nos invitaban a los espacios a cantar alabaos en los sitios en que habían caído [algunos de sus compañeros] […] Recuerdo que cantábamos entonando sus nombres, también recuerdo que en ese tiempo compuse muchas canciones para respirar, para mejorar mis emociones, porque creo que el arte de componer y la movilización también te ayudan como [a] tener una esperanza de vida, [a] sentirte movido.
Cuando las mayoras llegábamos a los puntos de resistencia con nuestros atuendos había un poco más de respeto. A veces la policía estaba por allá pero cuando nos veían a nosotras [la mayoras de la Casa Cultural el Chontaduro] como que se detenía y los jóvenes nos decían: “quédense aquí porque cuando las ven a ustedes saben que no somos vándalos, se dan cuenta que somos personas que estamos luchándola”; y nosotras nos quedábamos allí reclamando con nuestros cantos; fue muy bonito lo que hicimos porque poblamos el aire de las notas de un canto de libertad”. (Entrevista)
Esta estrategia junto con las velatones, los cantos antiguos y rezos en honor a aquellos que les arrebataron el aliento del cuerpo, se hicieron frecuentes en varios lugares de la ciudad. Fueron varios los jóvenes que no pudieron seguir soñando con una Colombia diferente, pues perdieron la vida. Jóvenes que fueron acompañados por las mayoras, quienes los orientaron sabiamente con sus consejos, desarrollando “una importante labor de contención emocional con la palabra, los consejos, el llamado a la prudencia y la paciencia” (Ibarra y Recalde, 2021, pp. 67-91). El trabajo de cuidado se trasladó a las calles y estuvo a cargo de madres, hermanas, primas, tías, compañeras, esposas que rodearon y abrazaron a la ciudadanía.
Las hijas de África, durante el estallido social, encarnaron la filosofía legada por las y los ancestros, el Ubuntu, que floreció con fuerza sobre todo con el cimarronaje. Reconociendo que todas, todos y todes somos ramas del mismo árbol, las mujeres negras/afrodescendientes de Cali salieron a las calles, no solo para ver un cambio en sus vidas, sino para que los renacientes tengan el derecho a una Cali y una Colombia más equitativa.
Las mujeres negras/afrodescendientes de la ciudad pusieron a disposición la mayor potencia que tenían las antepasadas cimarronas y de cuyo legado son las herederas: el amor. Ese amor para salvar de los brazos de la muerte y la marginación a sus hijas, hijos e hijes, y avanzar viéndolos crecer felices, dignos y libres. Cumpliendo el rol de cuidadoras, gestoras comunitarias, luchadoras, cantadoras, pacificadoras, sanadoras, entre otros tantos roles, las mujeres se pusieron a la orden del sentir colectivo y ayudaron a consolidar posturas y demandas colectivas en distintos espacios de la ciudad de Cali como Puerto Resistencia, El Puente de las Mil Luchas, Calipso, Afroresistencia, etc. El conocimiento ancestral se tomó las ollas comunitarias, las mujeres dejaron mover sus cuerpos al ritmo de los alabaos y antiguos cantos, aconsejaron con toda su sabiduría y amor, pusieron su don de mando y de organización al servicio de la comunidad. Estuvieron de pie día y noche, porque ellas son cimarronas, cimarronas del siglo XXI.
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