Experiencias de una artista en el Paro Nacional 2021
“El bordado, la pintura, el trenzado y la ancestralidad
son una amalgama capaz de crear un pilar y
sostener la resistencia de los pueblos negros”
Laura Campaz
Bordar es como entrelazar hilos de historias. Las agujas son como lápices que tejen relatos olvidados y evocan memorias que merecen ser reconocidas, al tiempo que se convierten en una obra maestra de identidad y resistencia. Así como las manos expertas dirigen las agujas, Laura, una mujer negra de dreadlocks largos, voz pausada, estudiante de Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad del Valle, quien dedica su vida al arte visual y gráfico, colaboró en la co-creación de espacios de manifestaciones artísticas que se gestaron en la ciudad de Cali en el marco del estallido social en el 2021.
Para esta artista caleña que hace de su camino la encarnación misma de la re-existencia y crea su propia narrativa, el arte además de ayudar al desarrollo de la creatividad aporta a la construcción del pensamiento crítico y a la comprensión de la realidad social de forma más integral sobre lo que sucede históricamente en el territorio: la segregación y el racismo.
Laura como parte del colectivo Escuela Antiopresión,[1] que centra su trabajo en apuestas artísticas con mujeres jóvenes y mayores, personas racializadas, disidentes sexuales y de género, cuenta que su aporte en las movilizaciones se concretó en Puerto Resistencia, —conocido hasta ese año como Puerto Rellena—, uno de los puntos de concentración más importantes del estallido social, incluso catalogado en un reportaje de la BBCMundo (2021)como el bastión de la protesta del Paro Nacional.[2]

Puerto Rellena, un sector del actual barrio Villa del Sur, anteriormente llamado Periquillo, que surgió de la lucha de diferentes familias por obtener vivienda en los años sesenta, se hizo famoso en la ciudad y recibió este nombre debido a la venta de morcilla o rellena.[3] Este punto de encuentro se convirtió en el epicentro de las manifestaciones en Cali en el 2021 al ser el de mayor confluencia de personas. Aunque en los últimos dos años se le conoce como Puerto Resistencia, su historia de lucha data de muchos años atrás. En 1977 en el marco del Paro cívico, “los manifestantes se concentraron en este punto y sacaron llantas y las quemaron” (Gómez, 2021, párrafo 15).[4] Años más tarde, el 21 de noviembre de 2019 “el territorio recordaría su vocación de lucha en el marco del paro nacional, [en el cual] se propuso el entonces Puerto Rellena como punto de llegada” (Gómez, 2021, párrafo 15) gracias a su ubicación geoestratégica, en medio de una de las vías más importantes de la ciudad —la avenida Simón Bolívar—, la cual conecta la ciudad de norte a sur y es una de las entradas al Distrito de Aguablanca.
El 28 de abril de 2021 lo que inició como una jornada nacional de manifestación masiva, convocada por el Comité Nacional de Paro (CNP), bajo la consigna: Es el momento de parar por vida, paz, democracia y contra el nuevo paquetazo de Duque, con el paso de los días se convirtió en un proceso. Laura recuerda cómo los primeros días solo salía a las calles a ver “el tropel”. Sin embargo, las manifestaciones que se prolongaron por un poco más de dos meses se fueron transformando, y al tiempo que la violencia policial se recrudecía y los enfrentamientos entre fuerza pública y sociedad civil se intensificaban, en varias partes de la ciudad comenzaron a surgir diferentes formas de manifestaciones pacíficas.
En Puerto Resistencia los manifestantes se entregaron a la música, el teatro, la danza y hasta bordaron colchas. En el puerto afloraron las ollas comunitarias, huertas urbanas y la vigilancia permanente de los jóvenes, que con gafas, cascos, capuchas y escudos improvisados estaban preparados para enfrentarse al Escuadrón Móvil Anti Disturbios (ESMAD). Igualmente, la comunidad “convirtió el CAI de la Policía en biblioteca pública, […] la sede de acción comunal en puesto de salud y espacio para la misión médica, en un parque cercano otra edificación se convirtió en lugar de acopio de alimentos” (Salazar, 2021, p. 161),[5] y levantaron el monumento de una mano cerrada como símbolo de lucha, y con ello bautizaron a Puerto Rellena como Puerto Resistencia.
En aquel lugar de concentración en el que todos los saberes se unieron para elevar la voz y reclamar una vida más digna, más humana, Laura como artista vio una posibilidad de poner en práctica sus conocimientos, sobre todo en aquellos momentos de desasosiego en el cual el arte se convertía en una herramienta que ayudaba a comprender lo que estaba sucediendo.
Laura recuerda los inicios de su proceso artístico de resistencia de la siguiente manera:

Alix Quirama [quien] estaba haciendo una pasantía artística en El Costurero,[6] realizaba una cartografía textil de la ciudad para resignificar [los diferentes lugares de concentración de las manifestaciones]: era el momento justo porque ya los puntos tenían otros nombres, se habían resignificado; por lo tanto, escribir [en] el mapa que era como un mapa textil —Puerto Resistencia, Puerto Maderas, Apocalypto, Puente de las mil luchas, Ciudad Balín—, permitía situar estos lugares infaltables en estas cartografías […] Después de este proceso […] con unas amigas seguimos consolidando la experimentación textil con la gente del proceso de bordado. Extendimos la colcha de[l] mapa y la gente llegaba simplemente a bordar, era muy chévere porque se supone que también el oficio textil es como de mujeres, pero había muchos manes que llegaban a bordar, era muy bacano, porque era lo que le surgiera a la gente.
El testimonio de Laura y muchas otras artistas que lideraron estas iniciativas nos permiten entrever que, aunque en muchas ocasiones la participación de los jóvenes durante los días de las protestas fue estigmatizada y catalogada como violenta, en Puerto Resistencia se llevaron a cabo otros procesos cuya esencia era resistir a través del arte, por ejemplo, a través del arte con textiles:
La gente era muy entregada al papel de bordar, las telas estaban disponibles para cualquiera, quien llegaba [podía] ir aportando al trabajo colectivo. Muchos querían plasmar su resistencia, poder resignificar el punto y poner frases que sentían, había personas que ponían dibujos, todo era bordado […] todo ese junte amalgamado entre univallunos[7] y gente del barrio, que pasan por un montón de cosas re-densas, hacía que este fuera más resistente y sanador, por ejemplo, nos sentábamos a bordar, [y era una forma de] ayuda[r] a digerir los sucesos, lo que sentíamos. Entonces sí siento que la transformación social necesita del arte, porque es una forma no directa de procesar [la realidad], de decir cosas.
Uno de los resultados de estos encuentros artísticos comunitarios fue el mapa de Cali expuesto en el Museo La Tertulia como parte de la muestra Deshilar, la revolución cotidiana, una exposición que visualizó “la complejidad de conceptos, métodos, incluso tensiones latentes […] que transitan entre las instancias de la investigación académica, el arte y la vida diaria” (Museo La Tertulia, 2022, párrafo 4).[8]

Para Laura esta experiencia en Puerto Resistencia representó creación y estas creaciones del arte se convirtieron en interruptores de la desinformación, en “espacio[s] subversivo[s] para desactivar discursos de poder, que históricamente han producido y controlado identidades, cuerpos, memorias y producción de información […] [al tiempo que permitían] evidenciar la dimensión socioeconómica, histórica, contextual y de género que atraviesa las prácticas textiles” (Museo La Tertulia, 2022, párrafo 2). Por ejemplo, la música, los cacerolazos sinfónicos, el comadreo por la vida, que eran las mayoras cantándole a los chicos que habían sido asesinados en el marco del Paro Nacional 2021, usaban el arte para hablar y poner en discusión lo que estaba sucediendo antes, durante y después del estallido social.
El arte politizado, como medio y herramienta de convocatoria, se erigió entonces como una contranarrativa hegemónica en la medida que en las redes sociales y en las calles había grafitis y murales que hablaban sobre lo que la gente sentía ante la cantidad de víctimas, de violaciones a los derechos humanos. En otras palabras era la evidencia de que el arte crea y en la medida en que crea, resiste.

Enhebrando hilos de creatividad y protesta, se reveló el poder del arte para bordar narrativas de lucha y unidad durante el Paro Nacional 2021. A través de cada puntada y color, Laura capturó la esencia de la resistencia en su trabajo, demostrando cómo el tejido social se entrelaza con la expresión artística para dar forma a un movimiento poderoso. Sus experiencias bordadas se convirtieron en un testimonio vibrante de la capacidad del arte para trascender los límites de la protesta y se reconocieron como un símbolo perdurable de cambio y esperanza. Además, artistas y pintores aportaron su creatividad para dar color y magia al monumento de Puerto Resistencia, pero eso no fue lo único, también se bordó algo inmaterial: comunidad, solidaridad, amor, “remendando una dignidad que estaba rota”.
